En los grandes proyectos de infraestructura, lo verdaderamente determinante no es la adjudicación final, sino el camino que conduce a ella. Cuando ese camino se apoya en estudios verificables, competencia efectiva y decisiones contrastadas, el resultado —sea cual sea— suele ser sólido. Pero cuando ese proceso avanza sin transparencia suficiente, sin contraste técnico público y con señales de competencia limitada, la adjudicación deja de ser una decisión abierta para convertirse en un desenlace previsible.

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